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Gabriel Impaglione
Toda luz venías entre las palabras
Detengo en estas manos que saben de tu pelo
en esta boca mía que repite tu nombre
la hora que callando te trajo como un día.
Ay toda luz llegabas a la casa en la niebla.
Toda luz acercabas el aire y sus guitarras.
Eras claridad rompiendo la penumbra,
el acecho carnívoro de las sombras graves.
Toda luz venías llamando a las palabras.
Me quedo en el manso instante de tu nombre,
en su valle rodeado de rotas soledades
partidas por la espada de tus ojos profundos.
En esa hora detengo mi vida y sus caballos.
En ese palmo de siglo de tu estatura.
Ay toda luz para encontrarnos en la tierra.
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